Ritual en las Highlands: Un Viaje para “Ser…”




Ritual en las Highlands: Un Viaje para “Ser…”

En las Highlands de Escocia, en el pueblo de Tain, se encuentra la casa Meiklejohns. Un espacio en el límite del campo y el bosque, donde lo salvaje se siente en la humedad fría, entre cabras, ovejas y vacas lanudas que parecen salidas de un cuento.

Fue en ese hogar, junto a los padres de Coll, su hermano Cathel, Yuyie y Het, donde convivimos y realizamos rituales. Rituales como el Meikklejohns Fest para dar cuerpo a preguntas, dudas, heridas y a nuestras maneras de ver la vida, orbitando siempre alrededor de la gran pregunta:

¿Para ser?
To Be…

¿Qué hace falta para ser
un buen padre,
una buena madre,
hija, hijo, amigo o pareja?
¿Qué hace falta para ser humano?

“Para ser” se convirtió en un dispositivo para abrir el universo de nuestras creencias, donde nuestras identidades e historias se encontraban con lo que uno anhela o rechaza ser. También fue una inmersión en el absurdo y el disfrute puro de crear, desde la diversión y el cruce de multiversos.

El viaje fue una curaduría de experiencias que celebraba los 70 años de la madre de Coll. Como regalo familiar, decidimos crear un show, el Meikklejohns Fest, una performance colectiva entre Coll, Yuyie, Het y yo. Filomena, Alastair y Catherine fueron nuestro público. Utilizamos proyecciones, vestuarios típicos de la India y detalles escoceses o absurdos para representar una canción del compositor queer coreano Ssing.

Este pequeño festival buscó lo emocional; fue un acto de lanzar al aire nuestras dudas, creencias y sensaciones sobre la vida que a cada uno nos toca habitar.

Pero no nos quedamos allí. También fuimos un equipo de producción, gestionando acciones y talleres de movimiento en el centro cultural Tramway junto a la compañía de danza inclusiva Indepen-dance (Glasgow), en las Islas Canarias con Kintsugi Urbano junto al Colectivo La Dupa, y presentando por primera vez fuera de Argentina la obra “El último bailarín”, en una composición situada para celebrar un tratado de paz entre bandas del Bronx.

Tras estos compromisos, y para las últimas fechas del año (Navidad y el Hogmanay, el Año Nuevo escocés), viajamos en coche hasta el barrio de Scotchburn en Tain, de vuelta a la casa Meiklejohns. Un hogar con invernadero, hectáreas de pasto y un establo reconvertido en salón de usos múltiples, con un piso de madera perfecto para bailar, calefacción y una amplia pared para proyectar.

Allí, con nuestro colectivo creativo —Coll Hutchinson (antropólogo, genetista, bailarín espiritual) y Yuyie Chattanika (técnica en drama terapia, masoterapeuta)—, abrimos la celebración del Hogmanay.

Nuestra intervención comenzó con una danza a cuatro: Het y Yuyie como espectadores, y Coll y yo en un diálogo de cuerpos, bailando “No soy de aquí ni soy de allá” de Facundo Quiroga. Un dúo que reconfiguraba constantemente la pregunta de pertenencia.

Le siguió “Para ser”, un monólogo de Coll entre la poesía y la filosofía, surgido desde la conciencia de estar mudando pieles, responsabilidades y frustraciones. Luego, un fragmento de la tesis de Yuyie Chattanika, “Black Fox”: un viaje emocional hacia episodios traumáticos que se marcan en la piel para siempre, parte de su carrera en drama terapia.

Después, con una introducción que incluía fragmentos del documental “Bailabilonia” de Silvina Estevez, comenzó “El último bailarín”. La obra parte de una pregunta: ¿Se puede romper el lenguaje? Es una odisea que entrama subtítulos y audios en un idioma argentino intervenido, traducido simultáneamente por Coll, manteniendo una conexión con el público que a veces se reducía a la pura interpretación emocional. Una travesía hacia el abismo, la locura, la tristeza, la ira y la redención.

“El último bailarín” en las Highlands reforzó su imaginario narrativo rompiendo el lenguaje desde la premisa misma. Pero, más allá del arte, estuvo sostenido por amigos, personas que me ayudaron a seguir uniendo mis pedazos, esos con los que aún cargo —cada vez menos—, aceptando el desapego que impone la ley de impermanencia de la vida.

Creo que este viaje fue una combinación de sanación, aceptación del dolor, cicatrización y el lanzarse de nuevo a la aventura de creer en un sueño. La promesa de una última danza en el lugar que me toca habitar, compartiendo con otros: amigos, familia y nuevas familias de amigos-familia.

Me tocó acompañar, ser testigo y dejarme acompañar. Fueron dos meses de mucho aprendizaje, sin correr, dejando reposar el burnout y sus secuelas. Es volver a reescribir la historia de Nelson en “El último bailarín”, es mudar de piel con nuevos desafíos, dudas, amores y vínculos.

Un viaje desde un cuerpo que vive mudando espacios, costumbres, rituales y maneras de habitar este efímero presente, sin perderle el sabor a la nostalgia, la esperanza y la promesa de volver a levantarse, como los invencibles de Rocky.

En las Highlands, se cerró el ritual de cerrar ciclos. De dar finales y honrarlos bajo la mística de una tierra de corazones valientes, polleras escocesas, ponchos y zapatillas. De re-deconstruir la familia y nuestras historias.

Gracias infinitas a Coll, Yuyie, Het, Philomena, Alastair y Cathel por hacerme sentir familia en el abrigo de las semanas previas y posteriores a las festividades, en esos cierres y comienzos en las Tierras Altas.















































































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